Quien no extraña la simpleza de la niñez en alguna ocasión, sobre todo cuando sucede que las reglas del juego de la vida te comienzan a parecer puestas en contradicción tan solo para la frívola diversión del que presencia el juego, no así de los jugadores. Y es que en gran medida madurar significa lo opuesto a lo que aprendiste de infante. Para madurar, necesitas jugar con las reglas del juego tal y como están establecidas, te gusten o no. Significa también ser más racional y menos emocional, un poco narcisista, algo hipócrita y preocuparte por cumplir al pie de la letra el roll que la sociedad te impone. Por si fuera poco, si te sientes mal por ser así, pierdes puntos.
Para los que venimos de una estirpe hippie, y tenemos un sentido de la rebeldía ante la autoridad nos suele costar mucho aceptar algo así.
Pero madurar, también consiste en dejar de creernos víctimas de nuestras circunstancias para empezar a hacernos responsables de lo que experimentamos en nuestro interior.
El autoengaño funciona
Ya que no podemos cambiar lo que nos pasa, pues los hechos externos no dependen de nosotros, lo que sí podemos modificar es la interpretación que hacemos de lo que nos ocurre. Ejercitar nuestra inteligencia emocional, aumentar nuestra capacidad de comprensión y tomar consciencia de cuáles son los hechos que nos están frustrando, puede mejorar la experiencia de vida.
La conciencia es el espacio que creamos entre lo que sucede y nuestra reacción o respuesta. Cuanto más conscientes somos de nosotros mismos, mayor es nuestra capacidad de tomar la actitud que más nos conviene en cada momento.
Fluir flexiblemente
Así, con un buen nivel de autoestima y afecto por nosotros mismos podemos seguir adaptándonos y sacando lo positivo de cada situación. Para lograrlo, se debe contar con la energía suficiente para poner en práctica todos estos principios.
Al final eres tu quién decide, si eres dueño de ti mismo o esclavo de los demás.
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